Nankurunaisa

Con el ceño fruncido Miguel se miró en el espejo del mueble del baño. No le gusto mirar a ese hombre ceñudo, a medio camino entre el enfado y el agotamiento.

Era muy temprano, la mañana iba a ser y larga y aunque el día anterior se había desplomado rendido en su cama desde ese momento solo habían pasado cinco intranquilidas horas.

Al otro lado del cristal de la ventana del baño las gotas de lluvia adoraban incansables el cristal. El final del infortunio, largo y duro retrasaba la claridad y el tímido calor propios de los primeros días de primavera.

El hombre del espejo le escrutaba el rostro dormido y con la mano, Miguel se intentó quitar el desagradable gesto de la cara. Sus pies se arrastraron por el pasillo y las escaleras hasta la cocina de la planta baja. El microondas le gustaba el café cargado y caliente que lo reconfortaria durante las primeras horas de la mañana.

Cuando terminó de vestirse y tomar el desayuno, guardó el pijama y se enfundó en una cazadora gastada, y se dirigió a la parada del metro debajo del negro paraguas. Fuera, en la calle, la acera le esperaba húmeda y chapoteante. Mientras avanzaba por la acera respirando agitado bajo la mascarilla, se acordó de su padre y de su madre que allá en Villamiranda le esperaban confinados cerca del límite de la comunidad autónoma vecina. Dentro de la estación del metro, los trabajadores madrugadores de primera hora de la mañana esperaban pacientemente separados la llegada del metro de las 5:30.

Miguel se dirigió al último vagón, el más lejano. Se apoyó en el rincón del vagón y sujetando el viejo paraguas que le regaló su padre miró pasar las estaciones y los túneles subterráneos por la ventana.

Diez minutos más tarde la monótona voz del metro le anunció la proximidad de su parada. Dejo que el resto de viajeros bajaran delante de él y puso los pies en el andén poco antes de que se cerraran las puertas del vagón.

Siguiendo los pasos de la pequeña comitiva que le precedía salió de la red subterránea. Fuera no llovía, pero el frio viento del norte le cortó la respiración. La puerta de la residencia estaba bien metros más arriba. Traspasó el umbral y saludó a sus compañeros del turno de noche en dirección al vestuario.

- ¿Que tal Miguel? ¿Llueve en la calle? - le preguntó Ramón cuando entró al vestuario.

-Aquí no, pero en mi calle no paraba.

-El microclima de Diezpozuelos. Algún día, cuando mi hijo estudie meteorología, le dedicará su tesis a este barrio y su microclima. - Le contó con cierta sorna su compañer

-¿Hay alguna novedad? -Miguel abrió la taquilla de fenólico y sacó la ropa limpia de color blanco.

-Hoy se han llevado a dos a la UCI. El conductor del autobús, y la señora Catalina. Habían pasado un día terrible y al final los han intubado. Entre los de mi pasillo todos aguantan. Han dejado instrucciones nuevas en el mostrador de enfermería. Un protocolo actualizado. Vamos a empezar a darles una medicación nueva que en Dinamarca ha funcionado muy bien.

-¿Y como estás tú? ¿Que tal tus padres?

-Los míos bien. Juana no va a venir a la tarde, han ingresado a su exmarido. Los niños estaban con él desde diciembre. Toda la tercera ola. Pero en el edificio donde viven ha habido un brote. De quince vecinos trece han dado positivo. Seis han ingresado en el hospital de San Roque, José entre ellos. Lucas y Mateo, los niños, están bien, han dado negativo. Pero Juana no tiene quien se los cuide. La jefa de enfermería le ha dado permiso. Jeanina doblará turno y la cubrirá hoy y mañana, mientras se organiza.

-No sé nada de Lola. - Le dice preocupado Miguel mientras se calza las zapatillas. - No será nada, pero no me coge el teléfono.

-No será nada Miguel. - Ramón de pie se paró detrás de él camino de la puerta.

-Su padre llevaba en la UCI muchos días. Yo creo que se ha muerto.

-Te habría avisado. - Ramón le puso una mano en el hombro.

-La llamaré después, durante el almuerzo.

-Ya verás como no será nada. Tranquilo.

-Tampoco se puede hacer nada, ¿no? - Respondió Miguel son levantar la mirada.

-No. A Galicia no se puede ir. Ánimo Miguel.

-¿Sabes una cosa Ramón? Ayer me enseñótó la señora Catalina, cuando fui a llevar el desayuno, una palabra nueva. Era japonesa. De Okinawa. La apunté para tu lista. - Miguel se sacó una nota del bolsillo y se la dio a su compañero. Ramón desdobló la nota y la leyó en silencio.

-Nankurunaisa - Repitió en voz alta.

- Significa que de una forma u otra, todo se solucionará.

- Es muy bonita. Me gusta. La apuntaré en mi lista. - Le aseguró Ramón a su compañero. - Hasta mañana, majo. Sed buenos y portaos bien.

-Nankurunaisa Ramón.

-Nankurunaisa Miguel.