Cuando el Covid 19 descolgó nuestros teléfonos y nos puso en espera con su pesado soniquete de fondo, confiamos en que esta crisis no iba durar mucho.
Al menos así lo creímos la mayoría de nosotros.
Cuando nos pasó por encima la anterior crisis, la de la burbuja inmobiliaria, también nos sucedió algo parecido. Pero como esa crisis era solamente económica, todos asumimos que la cuesta arriba sería muy dura y nos pusimos a pelear por aguantar ese tirón. Asumimos lo lejos que estaba la meta.
En su momento, en un programa de radio, escuché atentamente explicar a un economista los diferentes tipos de crisis que existían, y como se correspondían sus características, a los diferentes gráficos referentes a los tiempos de salida de esas crisis.
Crisis en forma de V con una caída y una recuperación rápidas. Crisis en forma de W, con una falda recuperación y una nueva caída. Crisis en forma de L,...
La menos deseada por todos, era esa crisis en forma de L que convertía la recuperación en un periodo de tiempo muy, muy largo.
Y así fue. Fue dura, muy dura. Una crisis en forma de L, con una raya horizontal larguísima. Una crisis que se cobró muchas víctimas. Y aunque los números entonces solo nos hablaran de la prima, del precio del euro, de la deuda, del aumento del paro, del cierre de empresas y negocios,... de las víctimas personales que también existieron, pocos hablaron y nadie las contó.
La crisis que estamos viviendo este último año, no tiene comparación con ninguna otra crisis que ninguno de nosotros nos pudiéramos imaginar. O que podamos recordar. Tendríamos que remontarnos a principios del siglo XX, durante la denominada gripe española o al medievo con la peste negra para encontrar un escenario algo parecido.
A pesar de que al inicio del confinamiento del año pasado, los gurús de la economía predijeron una pronta recuperación, como si se tratara de una crisis con una clara forma de V, lo cierto es que todo lo sucedido durante el último año nos ha dejado a todos sin respuestas.
Creo que esta crisis ha superado todo lo que conocíamos y que ahora nos encontramos ante lo desconocido.
In the middle of nowhere.
Y lo peor de todo esto, es el desconcierto en el que vivimos. Como el hombre del mito de la caverna, intentamos ponerle nombre a lo desconocido, comprenderlo, nos esforzamos en conocerlo a través de las sombras que proyecta, para ahuyentar los temores que nos asaltan, ante la incertidumbre que nos rodea.
Y esta situación, esta incertidumbre, todo este tiempo de confinamiento, de distanciamiento social, está acabando con nuestras fuerzas y nuestra determinación.
Estamos exhaustos y no vemos el final. Se intuye, a través de la vacunación, que lo tenemos cerca, muy cerca, pero que aún va a ser largo el camino.
Y todo lo que estamos viviendo nos está recordando algo olvidado, que es intrínseco también a nuestra especie.
Somos seres sociales, que necesitamos relacionarnos, movernos, experimentar situaciones nuevas, conocer gente nueva, necesitamos salir de la caverna en la que nuestros antepasados soportaron estoicamente las inclemencias del tiempo y la dureza del invierno. Y como nuestra naturaleza es diferente a la de los animales que como los osos hibernan tranquilamente entre las sombras, lo vivimos con la esperanza del buen tiempo, de la llegada de la primavera, con el deseo de celebrar el renacer de la vida, con ganas de disfrutar de todos sus beneficios.
Y aunque nuestra condición humana nos ha mantenido convencidos de la necesidad de nuestro sacrificio por la comunidad, todos necesitamos tener un horizonte de esperanza para comprender que esa salida de la crisis va a llegar y que aunque sea con retraso vamos a celebrar el renacer de nuestro mundo, saldremos de la cueva, inundaremos las calles, celebraremos el Carnaval, la Semana Santa, la noche de San Juan, nos iremos de vacaciones, nos bañaremos en otras mares y disfrutaremos de otros paisajes, de otras gentes, de otros culturas, conoceremos gente, bailaremos, volveremos exhaustos al hogar con ganas de disfrutar de la normalidad, con ganas de nieve de esquiar y patinar y de celebrar en casa con nuestras familias los cumpleaños, los nacimientos, las bodas, los funerales, las Navidades, la Nochevieja.
Porque seguimos vivos, porque todas esas celebraciones no son gratuitas. Porque son parte del ser humano, porque necesitamos gozar, sufrir, porque esto forma parte de vivir.
No estamos hechos para mantenernos lejanos de los demás, escondidos temerosos, conservados en formol, aguantando la respiración en medio de ninguna parte.
Somos humanos, resistiremos, sobreviviremos y lo celebraremos.