Una reciente exclusiva filológica logra desvelar la verdadera identidad de "V.M.", el ignoto destinatario del Lazarillo.

En una temeraria acrobacia metaficcional, el anónimo autor del Lazarillo hizo que el narrador de su novelita eligiera como su más directo interlocutor nada menos que al posible crítico literario de la obra, a quien se dirige de esta forma tan reverencial, buen conocedor de las mañas aristocráticas de tan eximia profesión.

El autor creyó que así, convirtiendo al crítico en un ente intradiegético, este, al ser parte interesada del relato, se inhibiría a la hora de juzgar el "caso" y lo dejaría en paz de una puñetera vez.

Craso error.

El hecho de no declarar abiertamente la identidad del propio autor ni del destinatario de la carta dejaba campo abierto al rico y pegajoso panal de la especulación.

Ahora que ya hemos descubierto el pastel, me temo que las moscas tampoco se darán por aludidas.