Una caja pequeña de palabras

Este iba a ser el "asunto" de una carta de reclamación que hace años estuve a punto de redactar.

Dirigida al departamento de logística de Dios, la Naturaleza o a quien corresponda, mi firme propósito era poner el grito en el cielo porque en el reparto de dones a mí me tocó la caja pequeña, el paquete básico de palabras.

Y que no me vengan con que solo hay un modelo, único e idéntico para todo el mundo. No cuela. Bastan mis cuatro lecturas para darse cuenta de que Quevedo, Valle, Carpentier, García Márquez... manejan muchas más piezas. Así que el juego XXL no debe ser tan exclusivo, ni mucho menos un mito ni leyenda urbana.

Mira que en todos estos años me he esforzado y he puesto empeño en ir adquiriendo palabras de segunda mano, a ver si lograba aumentar la colección. Pues nada, ni por esas. Algunas, una vez confundidas con el resto dentro de la caja, tarde o temprano terminan por desaparecer, no sé si para siempre o si deciden evitarme escondidas en algún rincón, al no encontrar acomodo. Otras sí que permanecen a la vista, pero cómo decirte... las siento postizas, como si no fueran realmente mías, y al final acabo echando mano del inventario original.

Vete a saber. A lo peor el problema no está en las palabras, sino en mi caja.

Al final decidí descartar la reclamación. Menuda tontería. Las que tengo no solo me son suficientes. De hecho, me sobran palabras.