Título robado

Raro sería que, cualquiera que fuera la combinación de palabras que se me ocurriese para inventar un título, no hubiera sido utilizada ya con anterioridad, o no pudiera coincidir, de manera voluntaria o inconsciente, con algún futuro título.

Nuestra inteligencia es como ese niño que garabatea aparentemente sin plan ni concierto, voluta va, voluta viene, al que tarde o temprano no le queda más remedio que arrastrar la punta del lápiz por el mismo sitio. Se queda sin folio.

Reconozcámoslo. Nuestra inteligencia es el Betis de las inteligencias. Simpática y resultona, sí, pero no precisamente la principal candidata para ganar la Champions de las inteligencias. Tiene sus límites.

La lengua misma es un buen ejemplo. Límite del límite. Nuestra capacidad cognitiva no puede procesar en su compleja simultaneidad el caos del mundo. Nuestro pensamiento ni siquiera es capaz de reproducir el propio caos de su funcionamiento, así que se ve obligado a exportarlo al exterior en la secuencialidad de la lengua, una palabrita tras otra, un universo en fascículos, en cómodas entregas.