Simultaneidad

La simultaneidad siempre me ha parecido el límite infranqueable, la gran tara de la literatura.

La secuencialidad de las lenguas naturales pesa como una condena sobre el escritor, impotente en su afán de engastar, superponer y trenzar discursos simultáneos, como lo haría la música.

Porque el mentalés, el lenguaje del pensamiento (si existe y así podemos llamarlo), no conoce limitaciones espaciales y temporales, ni sus malabares han de contentarse con mantener en el aire exclusivamente palabras, seleccionadas y combinadas mecánicamente una detrás de otra.

Desde este punto de vista, las que llamamos obras literarias no son más que versiones parciales, copias simples y no autorizadas de las verdaderas obras originales, que por momentos flotaron libres y arremolinadas de matices cambiantes en el pensamiento vivo de sus autores.

Un espectáculo unipersonal.

¿Y qué?