Periodo de la cultura española comprendido entre los Siglos de Oro y la Edad de Plata, más o menos entre la muerte de Calderón y el nacimiento de Rubén Darío.
Una edad de medias tintas, de medianías, de cosas a medio hacer. Una porquería de edad, para qué lo vamos a negar. Porque todo el mundo sabe que España no tuvo Ilustración, ni tuvo Romanticismo, ni tuvo... Qué se yo lo que tuvo España.
Bueno, vale. Cierto que tuvo a Goya, pero todo el mundo sabe que Goya fue un genio silvestre, una excepción, una anomalía, sin antecedentes ni consecuentes autóctonos inmediatos. Le damos más credibilidad a la existencia de Goya que a la de los unicornios porque, según nos dicen los historiadores, fue un hombre de carne y hueso. Más le hubiera valido agenciarse un útero en Alemania o en Francia. Mira que nacer en España... Se lo vamos a perdonar por ser Goya.
Una edad, en fin, que consiste fundamentalmente en una colección poco afortunada de refritos de los clásicos españoles o, a lo sumo, un anexo o postdata rezagada de la cultura europea, especialmente de la francesa.
Lástima que no podamos amputarla. Lástima que todavía no hayamos domeñado la paradoja espacio-tiempo para poder empatar directamente a Cervantes con Galdós, a Quevedo con Valle-Inclán, a Lope con Lorca.
Dicen que Fernando Alonso tampoco tiene cuello y ahí lo tienes, dos veces campeón del mundo.