La aureola de misterio que siempre envolvió el rostro de sus compañeros robots ha dejado injustamente en un segundo plano su importante participación, cuyo camuflaje es tan perfecto que la ha hecho pasar prácticamente inadvertida.
La tercera integrante de Daft Punk es, naturalmente, la tecnología.
Ha sabido compartir todo su talento, experiencia y recursos ilimitados en beneficio del grupo, dando alas a sus compañeros.
Los ha hecho más duros, mejores, más rápidos, más fuertes.
Les ha permitido llegar hasta el infinito y más allá, sin tener que ser expulsados como hombres bala.
Les ha animado a descubrir su toc de sacar conejos de la chistera, sin tener que comprar trucos pixelados de segunda mano.
Les ha ayudado a llevar alegría a la gente, sin tener que convertirse en unos payasos.
Ha arrimado el hombro para levantar, junto a ellos, con su música, una pirámide faraónica, cuyo cuerpo luminoso se construye y reconstruye una y otra vez, led a led, dando volteretas en espiral alrededor del mundo... sin tener que momificarse y enterrarse dentro.
Desde el primer instante, en aquel cuarto infantil, se marcaron, como deberes para casa, el compromiso de firmar todos los días un pacto de no autoagresión. Un juramento de sangre entre hermanos.
Porque los tres son humanos, después de todo.