Ahora que no nos lee, escucha, palpa, huele ni saborea nadie, te confesaré que cuando escribo no puedo evitar que me arda la conciencia anegada en un buche de impostura, como si fuera un actor que sale a escena para representar su personaje. Ya sabes, todo eso de "el poeta es un fingidor...", bla, bla, bla..., bla, bla, bla...

A lo mejor por eso no escribo.

No aguanto siquiera media página tratando de escribir. Porque tarde o temprano sé que voy a necesitar echarme fuera, salirme del papel, desmontarme del marco y quitarme la camiseta ante el lector, a quien no me atrevo a llamar hipócrita porque justamente es la hipocresía lo que nos hermana.