Escucho con mis ojos a los muertos

Un libro cerrado es como una tumba. Si no lo abres y lo rememoras, nunca podrás saber lo que hay o pudo haber dentro. Como si nunca hubiera existido.

Muchos habrá que te exijan el esfuerzo de abrirlo. Por mi parte, puedes ahorrártelo. Lo abras o no, me haría ilusión que pusieras empeño en alargar cuanto puedas el sueño de tu camino.

Desde fuera solo puedes ver las letras que componen el título del libro. Si te fijas bien, acaso sabrás apreciar que en realidad son ojos semienterrados, jadeantes, que escupen la tierra leve, asoman y escapan a la vida.