Llámame atrevido. Me encantaría redactar la continuación, anunciada y nunca publicada, del "¿Dónde está mi cabeza?" de Galdós. Lástima que haya pasado tanto tiempo. De momento, el pelo no deja de ser una antigualla vulgar y física, así que, bien mirado, tampoco hemos cambiado tanto, una peluquería todavía sigue siendo un lugar privilegiado donde el buen observador puede intentar tomar el pulso de nuestras costumbres, de nuestras inquietudes íntimas y sociales.
¿Y si el protagonista de nuestro cuento, en lugar de entrar en una peluquería de finales del XIX, lo hiciera en una del siglo XXI? Como licencia poética, me voy a permitir pedirte que asumamos que nuestro personaje, después de su insólita peripecia como hombre decapitado, está curado de espantos y va a encajar de buen grado cuantas sorpresas le pueda deparar este salto cronológico, del que ni siquiera es consciente.
Nuestro hombre ha recuperado definitivamente su cabeza. Es la suya, la de siempre, con la sensible diferencia de que ahora vuelve a tener pelo. En la peluquería, una mujer hermosa, risueña y afable, le invita a sentarse, señalando la silla más próxima con su bonita mano tatuada.
A nuestro protagonista le surge la duda de si se trata de un peluquería de señoras o de caballeros. La joven le dice que qué tontería, que es una peluqueria unisex. Añade que ha tenido suerte, que si llega a entrar un poquito más tarde no podría haberle atendido, porque tiene que cerrar para ir a buscar a los niños al colegio.
-¿Cómo lo quiere?
El hombre iba a contestar "a la moda", pero mira alrededor y observa que las paredes están empapeladas con imágenes de los peinados más variopintos, estilo mohicano, a lo afro, rapados y despeinados diversos, rastas, trenzados imposibles... Se contenta con decir: "Como está, pero más cortito".
Por cortesía, le pregunta a la mujer cómo le va a sus hijos en el colegio.
-Viven conmigo pero todos no son hijos míos. Pero bien, supongo. Ya sabe usted, la educación ya no es lo que era. A estos niños les hace falta más disciplina, más mano dura.
Lo que tiene que ser, lo que ha sido siempre, desde que la escuela es escuela, ¿no?, piensa nuestro decimonónico protagonista.
-Aquí, entre usted y yo. Vale que mis niños aprueban todo, con buena nota. Los quiero con toda mi alma y no me gusta hacerles de menos. Criaturitas. Ellos hacen lo que se les pide. Pero no estoy segura de que en realidad estén preparados para pensar por sí mismos y tomar sus propias decisiones. ¿Qué valores les quedan en los que creer? ¿Qué modelos? Les quita usted internet y es como si les arrancaran las pilas.
-¿Internet?
-Ya sabe. Esa maquinita en la que usted escribe la pregunta y aparecen todas las respuestas posibles.
-¡Un oráculo mecánico! ¡Qué maravilla! ¡El sueño de la ciencia! ¡El summum de la civilización!
-¿Tiene usted estudios?
-Desde luego. Soy miembro de la Academia. Precisamente ahora estoy trabajando en un Discurso-memoria sobre la Aritmética filosófico-social.
La peluquera no parece entender de qué le está hablando, pero le responde que se alegra de que todavía existan personas como él. Que cada vez quedan menos.
-Mucha inteligencia artificial y gaitas en vinagre, pero cuando las cosas se ponen realmente feas, llamamos a alguien como usted, a alguien que realmente sabe, para que nos saque las castañas del fuego.
Vaya, vaya... Esto va por modas, como los peinados... Tanto tiempo echando pestes del positivismo y de repente casi que lo echan de menos...
-Y dígame, según su teoría, ¿qué pasará cuando ya no queden personas "que saben"?
Se echa a reír y, en un gesto que busca complicidad, le muestra orgullosa el tatuaje de su mano.
-Lo tengo claro. La gran esperanza del futuro de la humanidad son los frikis. Siempre habrá personas que, a pesar de las carencias, los obstáculos, las tentaciones y las represalias del sistema, por pura curiosidad, por diversión, de manera casi irracional, por sus propios medios, se afanarán por aprender lo que de verdad les apasione, aunque les insulten y se rían de ellos. Como el técnico aquel del cuento de Asimov, ¿se acuerda?, que dejaba flipando a sus superiores porque podía hacer cálculos matemáticos con papel y lápiz, sin utilizar ordenadores.
-Frikis... Asimov... flipando... ordenadores... Disculpe, ¿dónde dice que queda ese oráculo mecánico?