El textúnculo

Está feo decirlo, pero Montaigne tenía un negro. El verdadero artífice, por acción u omisión, de los Ensayos.

Con razón, el humanista francés se quejaba de que hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro asunto, de que no hacemos más que glosarnos los unos a los otros. Todo está lleno de comentarios; de autores, hay gran escasez.

Así que allá, en el exilio voluntario de su torre, estuvo reflexionando sobre las distintas opciones que se pueden barajar en esto de la escritura creativa. Las numeraremos tal como funcionaba el pensamiento de Montaigne, a la romana:

I. Escribir "literatura" al uso. Según confesión propia, nunca tuvo lo que en su época entenderían como una voluntad de autor literario, sino más bien todo lo contrario. Decía que, como escritor, quería que se le viera en su forma simple, natural y ordinaria, sin contención ni artificio, pues él, en su esencial desnudez, era el verdadero objeto de su libro.

II. Escribir sobre la literatura creada por otros autores. Lo que hoy llamaríamos literatura secundaria, que, como hemos visto, le empalaga por ordinaria. Y que él mismo practica a espuertas. Por sus palabras, podemos deducir que Montaigne no consideraba esta literatura secundaria como verdadera literatura.

III. No escribir literatura. Es decir, la no-literatura.

IV. Escribir sobre la literatura que no se ha escrito, sea la propia o la de otros. Una especie de literatura secundaria de la no-literatura. Y aquí empiezan los problemas: al no tener una literatura genuina como premisa, como referente, esta literatura ya no sería derivada y secundaria, sino que pasaría a ser ella misma primaria, es decir, literatura a secas.

V. No escribir sobre la literatura ni sobre la no-literatura, es decir, una no-literatura secundaria. Habría que establecer si no escribir sobre lo que se ha escrito, por una parte, y sobre lo que no se ha escrito, por otra, son cosas diferentes. Además, quedaría la duda de si la no-literatura secundaria no es en realidad sino una rama dentro de la no-literatura a secas.

Estos dos últimos apartados, irresolubles por métodos tradicionales, arrastraron a Montaigne por los caminos de la alquimia. Tuneando muy libremente la de Paracelso, ideó la fórmula para engendrar un textúnculo. Encerrado en una redoma, lo acompañaría siempre a todas partes hasta el final de sus días.

Eco del eco del eco de una intención, pura posibilidad nunca materializable. El textúnculo se convirtió en almohada de la almohada, oráculo del oráculo, un humilde, paciente y fiel Patronio al que siempre recurría Montaigne cuando, en busca de su consejo, se le acercaba el rey, el obispo, un ciudadano, un amigo o su propia conciencia.