El Romanticismo ha muerto

Ya que nadie se da por aludido ni se atreve a decirlo abiertamente, ahí va:

-Terrícolas, el Romanticismo ha muerto.

Qué poco romántica ha sido la muerte del Romanticismo. Tanto, que ni siquiera nos hemos enterado.

En nuestro descargo, hay que advertir que la del Romanticismo es de esas muertes de las que ni siquiera se percata el finado. Tal es la sibilina propiedad del veneno, cuyo alquimista, poco avezado en los fogones del marketing, tuvo la mala idea de etiquetar con el poco glamuroso nombre de "convivencialidad".

La convivencialidad es una toxina que, una vez administrada, mata al instante, aunque la víctima no cae fulminada hasta que es consciente de que ha muerto; algo así como el Coyote, ¿recuerdas?, que seguía caminando en el aire hasta que se daba cuenta de que no había suelo y solo entonces caía al precipicio.

Y sin embargo, ahí tienes al Romanticismo, tan rozagante, tan altanero, omnipresente bajo el pomposo nombre de "capitalismo". Porque has de saber que el capitalismo no es otra cosa que el Romanticismo llevado a la economía, con su yoísmo hormonado y su delirante ideal de crecimiento infinito, un inagotable apetito fáustico a costa de quien sea y de lo que sea.

Pobrecito. No sabe que ya está muerto.

Sería un error decir que tiene los días contados. La muerte le sale a devolver. Se marchita poco a poco en una prórroga estéril y sin conciencia, que me recuerda a la de los pelos o las uñas que continúan creciendo en un cadáver.

Ya ves. Con esta solemne revelación, casi es como si de golpe me hubiera convertido en el niño de El sexto sentido.

Señor Illich, muchas gracias por haberme matado el Romanticismo.

Bien entendidos, el trabajo, las herramientas y los límites no tienen por qué convertirse en una ratonera para alienarnos, sino en una oportunidad para que, aunando fuerzas, podamos ganar y aun hacer florecer (como decimos los cursis) nuestra autonomía.