Siempre tuve curiosidad por imaginar qué estaría pensando el perro (o lo que sea) del cuadro de Goya y cómo sería su soliloquio.
Comenzaría diciéndose que es un perro (o lo que sea) consciente, y se preguntaría si esa condición de perro (o lo que sea) consciente, le otorga mayor o menor valor que a cualquier otro perro (o lo que sea).
Después de estas metafísicas indagaciones, se reprocharía que ya está bien de estar ladrando (o lo que sea) machaconamente "o lo que sea", y se prometería dejar de hacerlo.
Recordaría que a algunos discípulos de Sócrates los llamaban perros y, como homenaje al maestro, reinterpretaría en clave perruna (o lo que sea) y moderna su más famosa máxima: "Soy un desgraciado que solo sé que soy un desgraciado".
Por cierto, Goya, bonito autorretrato.