Contigo aprendí que si uno quiere, puede hacer malabares lanzando siempre un mismo y único objeto. Sin duda es más fácil, más seguro, más coherente, pero terriblemente aburrido.
Contigo aprendí que si puedes, puedes arrojar al aire todos los objetos que quieras, sin limitación de tipo, forma o número. Pero, recuérdalo bien, solo si puedes y si te atreves. Porque al hacerlo asumes una gran responsabilidad. La de saber mantenerlos, total o parcialmente, siempre en al aire (o no). La de escoger cuándo recogerlos (o no) y volverlos a lanzar. La de lograr que no se te venga todo al suelo; o que todo, total o parcialmente, se desplome, por primera y última vez, exactamente donde y cuando tú quieras.
Contigo aprendí que si con esfuerzo, práctica y dedicación logras hacerlo realmente bien, el otro que te está viendo no va a saber diferenciarte a ti de los lanzamientos ni de los propios objetos.
Aprendí que, quieras o no, por mucho que te niegues a admitirlo, no dejas de lanzarte una y otra vez a ti mismo.