Más que de eterno retorno, yo hablaría de eterno comienzo. No nos imagino como la cobaya enfrascada en su ruedita, repitiendo en bucle de principio a fin la misma historia. Nos veo más bien como la mosca que se estampa una y otra vez contra el cristal, a la que no le queda otra que volver en cada intentona al punto de origen, que siempre es el mismo, para ver si lo consigue por otro camino; de ahí el aire de familia que con frecuencia nos parece observar en experiencias de épocas distintas, incluso muy distantes en el tiempo.
Lo que todavía me queda por resolver es si de verdad no nos percatamos de la presencia del cristal, si es que este existe y, en caso positivo, qué hay al otro lado. Lo de por qué seguimos intentándolo lo tengo más o menos claro: no tenemos nada mejor que hacer.
Como teorema, el mío es bastante flojo, filosofía de marca blanca. Como plan de escritura me parece una maravilla. Nada puede sustituir al subidón de arrojarte al vacío desde la casilla de salida, cuando todavía tienes todo el juego por delante; a la satisfacción de poner la primera piedra, aun cuando sepas que encima, con suerte, solo criará arenilla.
Sé que va sonar políticamente incorrecto, pero prefiero dedicarme noche y día a plantar enanos diferentes, antes que andar siempre aupado a hombros de los mismos gigantes.