Aprovecho la ocasión para mandar un mensaje de alerta a las autoridades competentes.
En los últimos tiempos he seguido con inquietud y preocupación la oleada de atentados que han puesto en serio riesgo la integridad física de numerosas obras de arte; bajo el pretexto de la reivindicación ideológica o social han hecho saltar, con razón, todas las alarmas del mundillo cultural y sus guardianes.
Por eso me extraña que se les haya pasado por alto un quebranto tan grave.
Siento comunicarles que nuestra literatura tiene, al menos, un roto.
Un desgarrón a la altura de 1836, concretamente el 26 de diciembre.
Por suerte, el jirón no se ha desprendido del todo, todavía languidece colgando. Apenas tiene el tamaño de un artículo de periódico. Lo que no se explica es cómo un escrito tan pequeñito, al desgarrarse, haya podido provocar semejante boquete, que, o mucho me equivoco, o tengo la sensación de que se va agrandando conforme nos alejamos de él en el tiempo.
Me consta que el autor de este desaguisado lo provocó casi sin querer. Él solo pretendía arrancarse del mapa furiosamente a sí mismo, pero se le fue la mano y acabó llevándose el cacho entero, con todas sus capas: lo contextual, lo literario, lo personal. Sospecho que nunca tuvo demasiado claro dónde terminaba su persona y dónde empezaba la literatura.
A mi parecer, los verdaderos responsables son las autoridades y los lectores de aquella época. No alcanzo a entender cómo la censura, en fechas tan señaladas, no supo interceptar tal ejercicio de impúdico exhibicionismo, inédito en nuestras letras. Nadie nunca se atrevió a tanto. Al tirar de la manta para quitarse la máscara, terminó por arrancarse hasta las pelotas y los cueros. El autor ya había confesado en alguna ocasión que él escribía "como un anatómico sobre un cadáver", pero quién se iba a imaginar que se atrevería a mostrarnos, en directo, sin filtros, con esa sinceridad brutal que ahora tanto nos fascina; que se atrevería a televisarnos en alta definición, con todo lujo de detalles, nada menos que su propia vivisección: un ser humano y, como humano, sufriente, hecho un cristo, abierto en canal, un revoltijo de entrañas y sesos aún vivos, palpitantes, desafiantes, al aire libre, descaradamente expuestos, para disfrute y deleite de unos lectores que, ante tal espectáculo, morboso selfiharakiripinturanegra, como mucho se contentarían con reflejar maquinalmente esa sarcástica sonrisa maligna que en ningún momento se habría borrado del rostro del cadáver, pese a la lágrima.
Me temo que el daño es irreparable. Quisiera encontrarle algún consuelo.
Quizá esa herida abierta, a modo de traqueotomía, en algún momento podría servir para que nuestra literatura siga respirando.
Quiero pensar que, como el ombligo, ese desgarrón nos sirve de recordatorio: de la inutilidad, de la vacuidad de la literatura.
Confieso que, como buen voyeur, me encantaría echar un vistazo a través del agujero.