¿Qué sentido tendría establecer una clasificación de las artes, de más a menos humanas?
Es que los colores, las formas, los materiales, los sonidos, los movimientos... existían antes que el ser humano, pero las palabras no.
Es que en la literatura siempre hay alguien ahí, una voz “mediadora” que da la cara y tiende la mano al receptor sin dejar de ser parte de la propia obra. No la podemos dejar en la grada. Ni siquiera en el banquillo.
Es que la literatura es el arte de ordeñar la nada, todo lo tienes que poner tú, recrearlo a partir de grafemas o sonidos aparentemente inconexos y aleatorios. La literatura es el gran dependiente por antonomasia: sordomuda, ciega, anósmica, agéusica, anáfica.
Bueno. Vale. ¿Y qué? ¿Eso demuestra que la literatura es más humana que el resto de las artes?
Bajo el capó de toda competición ronronea una comparación.
En toda comparación intervienen al menos dos términos.
Esos términos son posiciones susceptibles de ser ocupadas por un número elevadísimo, por no decir infinito, de elementos. ¿Tendrás ocasión de probarlos todos? ¿Vas a ser capaz de testar todas las combinaciones posibles?
¿Qué es una competición? Acaso un error retórico. Un símil, una metáfora mal construida. Porque toda metáfora tiene un olímpico punto ciego que escamotea, que no refleja lo que no le sale del tropo, que deja siempre fuera aspectos esenciales de los polos sobre los que se construye, precisamente aquellos rasgos en que no coinciden, que los distinguen, aquello en que no son comparables. Una metáfora es siempre una mentira que enseña lo que le interesa para colarnos de tapadillo su propia torpeza.
Y me viene ahora a las mientes la barbuda teoría de la selección natural. Y me pregunto si de verdad todo nuestro mundo, nosotros mismos, no somos más que el resultado de una ancestral competición, el producto exquisito de una sarta de crueles metáforas.