Así comenzaría mi discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura, que evidentemente nunca escribiré ni me concederán.
A veces nombramos por sus primeras palabras algunos escritos que no parecen contar con un título propiamente dicho. Pienso, por ejemplo, en las encíclicas o en los primeros versos de algunos poemas.
Esta solución se me antoja un tanto caprichosa, porque condiciona, orienta y despierta de antemano las expectativas del oyente o lector sobre lo que se supone que viene a continuación, en este caso el contenido de mi discurso, lo que me parece una especulación como mínimo bastante osada.
Y por eso me encanta.