"El programa" cultural de radio. Y subrayo lo de "el programa" porque sin duda se trataría del más importante en la historia de la cadena, al menos en el ámbito literario. No tanto por la calidad o novedad de la idea, sino por la exclusividad y trascendencia del invitado.
Los responsables del programa se han tomado la libertad de no advertir al presentador y a los colaboradores habituales de la identidad del entrevistado.
Una tertuliana apunta que este recurso ya había sido utilizado con mucho acierto en una serie española de los ochenta. El resto de contertulios le replica con sorna que esa serie no existe.
El programa se emite en directo. El conductor, cariacontecido, no sabe cómo proceder. Normalmente, a modo de exordio, bosquejaría, en media horita, una semblanza erudita con musiquita, personal y profesional, del protagonista. Dadas las circunstancias, no le queda más remedio que tirarse a la piscina:
-Veamos quién se esconde detrás de la voz.
El invitado responde que detrás no hay quién, que solo hay voz. Y, para evitar chistes malos, se adelanta a aclarar que no es Sinatra, ni Constantino Romero, ni un periódico, ni un concurso de cantantes, ni una fuerxa política...
Silencio incómodo.
Después, en un tono profesoral no exento de paternalismo, al más puro estilo cultureta, la voz les explica que Platón, en el Libro III de laRepública, expone que en las obras literarias o bien habla el poeta, o bien hablan los personajes, o bien a veces habla el poeta y a veces los personajes. Resumiendo, que siempre tiene que hablar alguien, una voz, porque si no, no habría obra, ni literatura, ni tutía.
-Yo soy esa voz.
-¿Me está diciendo usted que cuando leemos un libro, sea el que sea, la voz que siempre nos está hablando es la suya?
El invitado responde afirmativamente, aunque matiza que no se trata exactamente de una voz mensurable en parámetros físicos, pero que debemos aceptar la metáfora en atención a las limitadas capacidades cognitivas de los seres humanos.
Otro de los tertulianos interrumpe y pide permiso para salir medio minuto. A la vuelta, promete aportar un jugoso comentario sobre la metáfora desde Aristóteles y Quintiliano hasta Lakoff y Johnson.
Al presentador se le ocurre que lo más probable es que todo sea una pesada broma del guionista del programa. Decide seguirle la corriente.
-Entonces, dado que está hablando con nosotros, debo entender que ahora mismo también estamos participando de una obra literaria.
Nada de eso. La voz aclara que, por amistad, ha aceptado hacer un cameo radiofónico. Pero no, esto no es literatura.
-Y entonces, ¿esto qué es?
-No soy el más indicado para responder a esa pregunta.
El guionista no se va a salir con la suya. El presentador ataca buscando inconsistencias.
-¿Y cómo hace usted para modular la voz de tanto narrador y tanto personaje? La casuística es infinita.
-Soy un ventrílocuo extraordinario. Aparte de que cada cual oye lo que quiere oír.
-¿Y los idiomas? ¿No son un problema?
-No, porque, finalmente, el que le da cuerpo definitivo a la voz es el propio lector, que conoce perfectamente su lengua materna. Aparte de que desde donde yo hablo los idiomas carecen de sentido.
-¿Desde dónde habla usted?
La voz les revela entonces que no siempre ha sido la voz. Les cuenta que un día estaba viendo en la tele (porque pertenece a esa generación que, cuando quiere matar el tiempo, todavía pone la tele) un documental sobre la prehistoria, muy resultón, producido en animación con la estética de las pinturas rupestres. En un determinado momento del documental, uno de aquellos humanoides, hechos con palotes, compartió por primera vez con otro una mirada y un gesto de complicidad. Así empezó todo.
A todos se les revuelve la piel cuando uno de los colaboradores, perito en vacíos, propone bautizar ese momento como "la hora violeta".
Silencio acogedor.
-¿Qué pasó después?
De repente, se vio a sí mismo, como Once o Charles Xavier, en medio de un algo infinito y oscuro, flotando en la más absoluta nada, más allá de las intuiciones puras kantianas. Sintió que, sin oponer resistencia, debía entregarse por completo a una ineluctable fuerza, nunca antes experimentada, pero extrañamente añorada: la posibilidad de ser sin tener que existir.
Silencio.
-Dígame, sinceramente, ¿es usted feliz?
-Desde donde yo hablo no tienen sentido conceptos como la felicidad.
-Vamos, que a todos los efectos, es usted una piedra metafísica, si me permite la limitada metáfora.
-¡Qué va! ¿Dónde va a parar? Ni de lejos. Las piedras no pueden hablar.
-Qué pena.
Suenan las señales horarias.