Apología de los langoliers

Me encantaría escribir un panegírico de esos hiperdentados devoradores de tiempo, a quienes tuve el privilegio de conocer en una de aquellas interminables y televisivas sobremesas findesemaneras de mi juventud.

No te eches las manos a la cabeza.

Por si se te ha olvidado, te recuerdo que nuestra civilización es descendiente directa de los pijos de la Academia. Los mismos que sobrevivieron a la condena a muerte de Sócrates. Sí, hombre. Aquellos que podían permitirse el lujo de estudiar geometría, que se pavoneaban marcando distancias con los plebeyos, sobre todo con aquellos perros desharrapados del gimnasio.

Ojalá mi apología sirva de güija, de invocación.

Pediría a los langoliers que devoraran todo lo sucedido desde la condena de Sócrates para acá, en una suerte de holocausto postsocrático.

Borrón y cuenta nueva. Dicen que rectificar es de sabios.