Anatomía de la nada

Anatomía de la nada contiene, sí, textos, poemas, artículos, cuentos… Pero también fragmentos de vida.

Un día mantienes una de esas conversaciones febriles que lo cambian todo, y decides que debe formar parte de Anatomía de la nada. No me refiero a una grabación o una recreación de esa conversación, sino a la conversación misma, tal como espontáneamente se fue ramificando, en el mismo momento y con las mismas circunstancias en que se produjo. En Anatomía de la nada también caben objetos, fotografías, una noche de insomnio contemplando el techo, las migas que quedaron del desayuno, un cólico, el sonido de una gota al caer en el agua, el picor de una herida, el miedo a la muerte, ese baile epiléptico de los desperdicios cuando los arrastra el viento…

Anatomía de la nada, en su integridad, no es reproducible. Más allá de sus elementos físicos, materiales, no se puede rastrear ni reconstruir. Como mucho, se podría tomar nota y registrar el índice de eventos, textuales y no textuales, que contiene. Un listado de títulos que, al peinarlos con la mirada de corrido, nos engañarían como los fotogramas de una película que es, pero nunca existe.