—¿dónde estabas? —me preguntó tajante mientras entraba a la casa, sin saber por qué estaban reunidos todos en la sala. la abuela sonja y mi mamá estaban pendientes, con una expresión en el rostro de notoria preocupación, bueno, por parte de mi madre, supongo. pienso y me mantengo firme en la idea de que ella sentía que cada cosa que yo pudiese hacer, le restaba puntos o se los sumaba si actuaba como un ser invisible. quién sabe cuántas veces deseó que yo finalmente desapareciera, si tan sólo hubiera tenido con quién dejarme...creo que lo habría hecho.
—estuve con unas amigas, papá —le contesté, aún sin idea de por qué estaban investigándome. le noté exasperado, como si en verdad hubiera esperado que algo me sucediera, aunque de la manera más extraña, pues mi rutina había sido la misma que otros días—, ¿qué pasó?
—nada en realidad, tu madre estaba un poco preocupada por algo que escuchó entre la servidumbre —me dijo mientras se consolaba tocándose la frente y tragando saliva, miraba al suelo, mi madre sentada en aquel sillón largo de tres asientos, apenas cubriendo un ligero espacio con su delgada figura, parecía haberse ido a otro sitio, sólo estaba ahí con los ojos en blanco; la señora knyazevich, en su lugar, estaba mirándome fijamente, con una ligera sonrisa en el rostro, aunque con una desesperación que la hacía rasguñarse las piernas, como queriéndose arrancar algo—, creímos que no volverías. encontraron un boleto en tu ropa, ¿qué significa?
—no puede ser que siempre encuentren la forma de saberlo todo —exploté. se trataba de eso. su afán de posesionar y ser dueños de todo. controlar todo, saberlo todo. imponerse en todo.
—no puedes dejarnos —me dice, la señora knyazevich se levanta, lo toma de los hombros, le endulza el oído. me reconforta saber que por lo menos, de alguna forma, está ayudándome ayudándose a deshacerse de mí.
—¿por qué no la dejan, hijo? ella tiene que volar, aprender a valerse por sí misma. yo entiendo que no tiene ningún talento y que tú piensas que soltarla puede llevar su vida a un abismo incontenible, pero si así van a ser las cosas, sólo dios puede salvarla, déjala. déjenla —le imploraba, ahogada en su hipocrecía—, estoy segura de que tatiana, mi querida tatiana, está de acuerdo. ¿no es así, querida?
—sí, señora; sí, vladimir —contestó en un tono casi desganado. aún con su mirada perdida, me consolé también de que parecía que todos estábamos de acuerdo en una cosa: tenía que salir de ahí. y, aunque me pesaba dejar a mi madre ahí, sabía que sólo, tal vez, el hecho de que yo me fuera, solucionaría todos sus problemas. teníamos que averiguarlo, teníamos que probar.
—no estoy de acuerdo —continuó en su discurso, tomándome del rostro y mirándome fijamente—, no quiero perderte, hija. y menos sabiendo lo que vas a hacer —la señora knyazevich lo soltó de pronto, agitando sus brazos a sus costados mientras rodaba los ojos—, ¿cómo me dejas para ir a buscar a otro? —ambas mujeres me ven con desaprobación—, ¿no te lo he dado todo? ¿no has tenido suficiente de nosotros?
—papá...—le contesto. la señora knyazevich se molesta y sale de la escena. se detiene y exclama.
—te lo digo a ti, vladimir. esta mujercita acabará en malos pasos y no quiero verte a ti, mi único hijo varón, envuelto en sus tonterías —exclama, mirándole extrañamente a los ojos, sometiéndolo firmemente con su sola mirada, como si fuese un niño—, te quiero a ti fuera de estos dramas sin sentido y la quiero a ella lejos de ustedes dos. ¡basta de criar hijos que no son tuyos! deberías conseguirte una esposa que sí te los dé de verdad —él me mira—, ¡tonterías! —grita ella—, es mi última palabra y se hará mi voluntad.
—¡no puedes apartarme de mi familia! —le levanta la voz.
—¡que ella no es tu familia, entiéndelo! tu familia soy yo, tu madre, que lo ha dado todo para que tú tengas lo mejor y te conformas con tan poco —lo toma de la cabeza—, ¿por qué te empeñas en ser tan necio? ¡tu obsesión no te deja ver!
—¿de qué obsesión habla, señora? —le pregunta mi madre, con tan pocas ganas o ánimo de continuar que apenas puede desprender sus labios y emitir sonido alguno. desmejorada, parecía tan enferma que, de verdad, daba pena.
—es lo único que pienso decirte al respecto, volodya —se dirige nuevamente a él, no voltea ni siquiera a ver a mi madre. se marcha finalmente.
—tengo que irme —le digo.
—no puedes dejarnos —me contesta—, ¿qué haríamos sin ti?
—ustedes no me necesitan —le digo, abrumada.
—no sabes cuánto —me dice mientras voltea a ver a mi madre, se compadece y me mira—, ¿no ves lo enferma que está? no sé qué sería de ella si te fueras —ella sonríe, como si estuviera imaginándose su vida a partir de ello, sin siquiera voltearnos a ver. a veces parecía incluso que fingía su demencia, pero su figura y su semblante nos confirmaba ciertamente que era una mujer enferma, triste y que se sentía sola, así teniéndolo a él o, incluso, a mí.
yo de todas maneras me iría.

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