Miro el teléfono, me percato que la bandeja de mensajería está llena de mensajes de distintos números…Probablemente eran siete u ocho números distintos, sentí una punzada en el vientre símbolo de la emoción y el miedo mezclados en aquel momento pero tuve que contenerme, eran muchos mensajes para procesar; algunos parecían llenos de ansiedad y deseo, otros de agresividad y violencia, pero todos ellos denotaban algo muy preciso: el encuentro.

Después de aclarar mi mente, volvía al edificio en SoHo que era sede de La casa del Sol (o, en inglés, The House of the Sun) pero alguien me detuvo del brazo, no pude siquiera decir algo cuando me sentí presa de aquellas manos que me tomaron desde atrás para subirme a aquel automóvil mientras me eran vendados los ojos escuché las ruedas del vehículo emitir un sonido fuertísimo tras el arranque tan sorpresivo. La mezcla de olores me resultó familiar, me relamí los labios, sin embargo, aquellas manos que me tomaron no las reconocí.

“Una buona pesca”, escuché decir a alguien mientras que otro reía, ninguno me pareció familiar. “Questo è mio. non prendermi per il culo”, aquella voz…Lo reconocí, me estremecí e intenté averiguar quiénes eran pero me sentí, incluso entonces, con pena de saber cuál era mi situación. Qué inusual es que, mientras uno esté siendo secuestrado, sienta incluso la necesidad de sentir vergüenza. Las manos me liberaron, pero no se me despojó de aquel trapo que cubría mis ojos, no hice demasiado escándalo, esperé a ver qué era lo que pasaba. “Dove la stai portando?”, dijo uno a mi costado. “A casa mia”, contestó aquel. No entendí la discusión que siguió luego, aunque entre el bombardeo de ideas y sonidos estruendosos, una cosa sí me quedó clara: “es estúpido”.

Salimos del coche, los tres hombres y yo (aún a ciegas), se me guió hacía el interior de una casa, supuse, el olor era muy propio, muy personal, olía, simultáneamente, a limpio y a viejo, específicamente a madera vieja con una pizca de aromas a algunas especias de cocina.

“Signora”, dijeron las dos voces de forma simultánea, “mammina” dijo la otra. En aquel momento, la venda cayó y pude ver un lugar tan cálido como me lo había imaginado apenas segundos antes. “Il mio bambino! I miei ragazzi. Chi è lei?” dijo la señora corpulenta que apenas se limpiaba las manos para recibir a aquellos que ocultaron su rostro, sonreí y me quedé mirando a aquel hombre de silueta delgada con el que había ya tenido un encuentro sexual. Alcé las cejas y también se burló, rodó los ojos y aquella mujer le golpeó el pecho, se rió aún más y sin desenfreno, los otros muchachos estaban ya conversando en el interior más lejano de la casa, donde se veía el comedor.

—¿Es tu novia? —le preguntó al hombre.

—Mammina —le dijo resoplando. Hablaba español. Me quedé boquiabierta pensando que había un mar de diferencia entre lo que pudiera decirle y lo que me entendiera, sin embargo, sentí más alivio que rencor, me sentí menos lejana.

—Nos estamos conociendo —le dije suavemente, con un tono tan gentil como alguien que conoce por vez primera a sus suegros e intenta agradar lo posible, su rostro me miró en seco y los rostros de los muchachos del interior voltearon con la misma expresión, no iba a arruinarles la velada con mis tonterías, ¿quejarme porque me hicieron creer que estaban secuestrándome? Es quizá la cosa más interesante que me pasó en el último mes, quizá en la vida.

—No, mamma, è solo un'amica. Non parla italiano —le contestó avergonzado. De nuevo, la mujer le golpeteó el pecho, pidiéndole en voz baja que dejara los juegos y, por cortesía, hablara español: él obedeció al instante y le dijo “sí, mamá”, me sonreí con ella.

Mientras la mamá continuó en la cocina, él me invitó afuera, al patio, le seguí, maravillándome tristemente de la vida que tenía ahí en aquel hogar tan condensado: la devoción que demostró para con su madre, la madre tomando bajo su ala sin distinción alguna a aquellos muchachos que llegaron a su casa tan naturalmente y la hospitalidad que demostró conmigo, algo no encajaba, en la casa había ya más gente, pude notar muchas cosas sobre los muebles amontonados y semi empolvados, había quizá más mujeres e incluso niños, por los crujidos de las maderas del piso al escucharse las pisadas de los niños al andar y por los bolsos colgados en los percheros, también los sombreros que había puestos por ahí también. Había más gente.

Una vez afuera, me acomodé en una silla que estaba ahí afuera debajo de una sombra dada por un árbol de lo que parecían ser mandarinas.

—¿Quién eres? —le pregunté con ironía, tomando una de aquellas frutas que alcancé apenas de puntillas.

—¿Mi nombre? —me contesta mirándome andar, como evaluando cada movimiento para calcular el siguiente y pensando siempre que lo que seguía era mi huida. Me reí un poco, él me miró igual de serio que al principio, aunque ahora confundido. Empecé a descascarar la mandarina que ahora tenía en mis manos, aspirando lentamente el aroma que sin esfuerzo desprendía. Él siguió en las mismas, como si estuviera buscando la forma más delicada de decirme o darme una razón para o de algo; negó con la cabeza para sí y sonrió distante, abrió la boca e hizo como si dijera algo pero la volvió a cerrar, olía su nerviosismo tan claro como el aroma tan dulce y, a la vez, ácido de aquella mandarina. Me miró y finalmente, se destensó los músculos—. Angelo —resopló, agachando la mirada; seguí comiendo de mi fruta en silencio, volteó y caminó hacia donde estaba yo sentada, mirándome fijamente, se arrodilló—; dime algo, ¿por qué no me dices nada? —me pidió, posando sus manos sobre mis piernas, me estremecí.

—No sé qué decirte, me trajiste aquí a la fuerza, ¿qué debo decirte? —le dije con ironía, abrió los ojos como sorprendido, le tomé de la mano—. No pareces una mala persona pero obras mal y quienes te rodean no lo saben, me imagino —hice una pausa e hice a un lado la mandarina—, ¿qué haces en una casa de citas, qué haces con esos amigos que traes a ka casa de tu madre después de haber secuestrado a alguien? —le cuestioné, noté cómo se puso en alerta luego de mencionar a la señora, la Signora Enza Cira, escuché que la llamaron.

—No sé, sólo es lo que hago —se ríe, encontrándose con mi mirada sobrepuesta en él, descifrándolo, escuchando cada palabra con una atención esforzada que trajo consigo sólo una gran sensación de intriga—, ¿por qué? No lo sé. No me dedico a nada delicado o fuera de lo legal —se acomoda aquel cabello oscuro que lleva un poco largo. Me recargo nuevamente en el asiento donde soy prisionera, su cuerpo me bloquea las piernas, me pregunto qué quiere y, de las formas más sutiles, evita el tema. Sólo me mira y veo en él el miedo, algún tipo de miedo que es inofensivo.

—No vine a juzgarte —le dije un poco confundida, no supe qué más decir, ¿qué podía decirle? Ni siquiera sabía qué sentir en aquel momento tan vulnerable y, por demás, extraño...En primer lugar: unca me habían secuestrado, luego estaba el hecho de que no tendría suficiente dinero para un...¿rescate? Y, por último, no tenía a quién llamar. Estaba tan sola en esto como un sambenito penitenciado. No pensaba en otra cosa más allá que entender lo que nos estaba pasando, tanto a mí como a él. Antonio, de todos los nombres, jamás pensé que tendría ese.

—Debes preguntarte qué haces aquí —me interrumpió, arqueando su ceja intuí que se preguntaba, quizá, por qué no le había preguntado nada—; en realidad no hay una razón, la otra noche...Me quedé pensando en ti y, no sabía, quería tener la oportunidad de hablarte...Quería saber de ti —me dice, tomándome de las manos.

—No quiero que me salves, si es en lo que pensabas —le dije abruptamente, me miró inmediatamente y negó, aunque en el fondo, sus hombros se encogieron y dieron pie a que prosiguiera.

—No sé en qué estaba pensando, en realidad, sólo quería saber de ti —me toma de nuevo de las manos—; me interesaste y sé que algo en mí te interesó también, pero quería saber quién eras acá afuera, donde las cosas realmente importan —habla sin detenerse, me resulta complicada la labor de darle constentación a sus ideas erróneas sobre lo que hacía.

—No soy una prostituta, Antonio —le digo sonriendo—; tampoco necesito tu ayuda para salir de todo esto que me rodea. Voy por la vida como la vida viene a través de mí. Así como hace un rato, me trajiste acá, me forzaste a vivir la mirada juzgadora de tu madre y me hablaste del por qué de esta escena, yo tomo parte y razón en todas las cosas —dirijo mi mirada hacia aquel árbol, nuevamente capta mi atención, aunque ahora sea por los pájaros que juguetean entre las ramas.

—¿No lo eres? Pensé que... —me pregunta volviendo su mirada hacia mí.

—Nos encontramos una vez, no me dijiste nada y tampoco me dejaste decir nada y ¿ya pensaste algo? —le cuestioné, ahora, con todo el ánimo de saber.

—Insisto en decir que no sé en qué estaba pensando —se levanta y mira también el árbol—; estoy perdido.