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Estaba acostumbrada a cierta forma de trasnochar amargo que iba cargado de cansancio y pesadumbre, hoy era una de esas noches en donde me perdía infelizmente en mi más olvidada locura.
—¡Nav, va uno! —escuché. Hice una mueca, recién había salido de aquel departamento que compartía con tres más. Había olvidado mis llaves, cerca del jarrón con unas flores viejas y marchitas que había notado al salir. “Qué vida”, había pensado, con la fantasía de que esa era yo, marchita, y envidié a las flores, porque se habían convertido ya en polvo y yo estaba aquí, temiendo compartir mi intimidad aunque ese era el camino por el cual la vida me estaba conduciendo. Sacudí la cabeza, me apresuré a acercarme a aquella persona que me habían indicado. Me encogí al verme desde afuera, nuevamente y como en todas las ocasiones, dispuesta a hacer esto, a seguir adelante con todo esto.
Venía todo tipo de gente, siempre gente sin amor y perversa, pero había una pequeña categoría a la que me gustaba denominar “las bestias”, pues disfrutaban sólo de violentar y, a veces, ser violentados. Él era uno de ellos, lo supe de inmediato. Teníamos órdenes de no acercarnos ni aceptar nada de este tipo de gente, de no confiar ni ser suficientemente estúpidxs para caer en cualquiera que fuera la tentación. Para mi mala fortuna, el tipo no estaba solo y probablemente estaba desesperado por recibir una caricia. Dude por un segundo si ir directamente hacia donde estaba o esperar a que viniera a mí, en solitario, pues es aún más peligroso cuando se trata de un grupo.
Mientras todos los pensamientos martirizantes me invadían, el hombre sacudía mi trasero, meneándome a su voluntad. Sus manos, sujetándome con fuerza, me incomodaron tanto como ningunas otras lo habían hecho antes; podía sentir en él olas de calor y violencia golpeándome el cuerpo mientras hablaba con sus “amigos” en otro idioma, parecía italiano, alcanzaba a reconocer algo, aunque no a entenderlo.
“Cuando un hombre con malas intenciones se acerque a ti, pídele al Señor cegar sus ojos, para que no pueda verte, pídele que entumezca sus manos, para que no pueda sentirte y que sus oídos ensordezcan para que no pueda oírte”, recordé vagamente lo que solían decirme y advertirme las monjas. “El mundo es muy diferente ahí afuera”, decían…
Pero no era tan diferente, ahí dentro había muchas historias de perversidad, violencia y locura. Se hablaba de fantasmas que vagaban por el edificio en donde dormían las niñas y demonios que en ocasiones acechaban los dormitorios masculinos. Había una historia en particular que siempre estaba en mi mente, el saber que las paredes sagradas estaban incluso expuestas al mundo para ser arrebatadas de la gracia del Señor y de cómo toda esa maldad estaba siendo admitida por Él: en algún tiempo, hace muchos años, según contaban mis antiguos compañeros de suerte, un grupo de jóvenes rebeldes que habían perdido los estribos a causa del alcohol y las drogas, ingresaron a la institución a vandalizar y cometer crímenes atroces en contra de las novicias y las huérfanas, vulnerando así la carne consagrada al Señor de los cielos, incluso contaban que habían llegado a tal malicia de haber sido capaces de tomar por la fuerza a una monja de mayor edad. Siempre temí que una situación parecida ocurriera y que yo tuviera participación en ello, oírlo a voces contra vivirlo, el repudio me hacía querer volver el estómago. Mi rostro no podía ocultar la sensación de alerta que me propinaba la situación en la que me había metido con aquellos cuatro hombres que hablaban de cosas que no entendía. Aunque los otros estaban con otras mujeres y hombres, no dejé de sentirme ajena a todo esto. Mi cuerpo, ahora de dominio público, estaba siendo estrujado por aquel hombre alto a quien ni siquiera me atrevía a voltear a ver. Se acercó más a mí, tentando el camino de mi cuello hasta la espalda baja; me besó el cuello, yo intenté alejarme pero no opuse resistencia alguna, “habría sido una ironía”, dije para mis adentros casi con una mueca sonriente dibujada en el rostro. El hombre se despidió del grupo, tomándome de los hombros y guiándome hacía nuestro próximo destino.
Llegamos a un cuarto de en la parte superior del establecimiento. No dijo ninguna palabra, se desabotonó las mangas, soltó el nudo de su corbata; todo el método y el ritual me parecieron siempre una forma muy eficaz de conocer a la gente, había quien se tomaba su tiempo para hacer de la experiencia una escena de película y otros que simplemente hacían lo que tenían que hacer, sin perdiz. Noté que dejaba a un lado sus pertenencias, entre ellas una bolsa de cuero que llevaba por dentro del saco y una pistola enfundada en algún tipo de arnés que a su vez conectaba con la bolsa.
Aquí tuve ya tiempo (y valor) para mirarle al rostro y ver a lo que me estaba enfrentando, sin embargo y para mi desconsuelo, no era más que un hombre de mediana edad que parecía más indefenso que cuando estuvo con su manada; sin embargo, algo en su rostro, en su mirada, reflejaban una vida comprometida con la transgresión, con el arrebato y el poder. Me quedé sentada viéndolo descalzar, ni siquiera volteaba a verme; me quité el abrigo que llevaba, la blusa y la falda que me cubría, incluso los zapatos y las medias, el tiempo transcurría tan rápido para mí y tan lento para él.
—Trabajamos por hora —le recordé, me hizo callar. “Shhh”, fue lo único que salió de su rostro blanquecino con expresión mortífera, se sirvió de un poco de alcohol y llevó a su boca un cigarrillo, lo encendió.
—Spogliati già —me dijo. No entendí nada, se dio cuenta, detuvo entre sus dientes el cigarro que recién había encendido y me quitó la ropa interior mientras me miraba a los ojos, como retándome. Sus manos me rodearon los pechos, admirándose de mi piel que era del mismo color que la suya, sus manos frías erizaron cada bello en mi cuerpo y me tocó como si estuviera acariciando a un animal que quería domar. Le sonreí, aunque incómoda, pasé mi mano por su mejilla y posteriormente su cabello, se sacudió, botando mi mano en un gesto incómodo y entendí que no quería ser tocado. Prosiguió, en su acto febril propiciándome caricias, besos, lengüetazos y mordiscos; por ahí por donde pasara su lengua, mi cuerpo más excitado quedaba, apreté firme mis piernas, sus manos recorrían mi cuerpo como buscando algo. Mi cuello fue el destino de aquellas, donde se posaron con fuerza mientras mis piernas lo acercaban con tal deseo que parecía un encuentro de amantes y me pregunté de alguna manera cuál era el precio que yo debía pagar para aquellas ocasiones en las que el sexo resultaba para mí algo bueno.
Estremecida, me sentí sin la libertad de emitir algún sonido, con el temor de que aquello también lo incomodara. Solté un gemido silencioso, lo notó. El acto era suyo, debía ser suyo, pero quería sus aplausos, que su obra fuera admirada y tuviera su recompensa.
Le hice un lugar más amplio entre mis piernas, buscando su miembro viril ahora ya erecto entre la última ropa que lo cubría sin que él se decidiese por fin a terminar su acto. Era metódico.
Me besó el cuello, el espacio entre mis pechos; relamió cada uno de ellos, del contorno hasta las puntas, jugueteando con ellas mientras movía su lengua rápidamente y con firmeza para estimularlos y lograr que estos se pusieran duros. Me ignoró por completo, yo tendida ahí era simplemente partícipe de un juego sexual enfocado en mi propio placer. Finalmente sus manos fueron a dar a mi entrepierna, buscándose un camino entre lo húmedo de aquella zona que ya esperaba su presencia. Sentí cómo sus masaje iba abriéndose camino cada vez más dentro mío, exponiéndome a la inminente posibilidad de soltar algún quejido, pues mi cuerpo estaba ya retorciéndose y aclamando un segundo de descanso, un suspiro y el aclamado desprendimiento de sí. Sus dedos haciéndose un camino circular me estremecieron de tal manera que sentí que ya no podía contener para mí aquel placer que me fundía el sexo. Gemí de una forma tan audible que incluso noté que se le escapó una pequeña risa, su trabajo estaba hecho. Ahora, después de unos cuantos minutos en el acto, finalmente se decidió a mostrarse vulnerable y desabotonó su pantalón, bajó cualquiera que hubiera sido su ropa interior y expuso ante mí aquel pene que me pareció era el mejor parecido que había visto hasta entonces.
Saciada de su masturbación, lo miré y supe que era el momento, que era mi turno y que esperaba ser lo menos partícipe en ello incluso de lo que yo había sido, estaba ya erecto, entonces la cosa pintaba para ser algo rápido para este punto; me hinqué frente a él, a la orilla de la cama, tal y como había hecho él anteriormente, se recostó, mirando al techo mientras fumaba de nuevo. Mi rostro se quedó en blanco, el placer sexual que producía el darle el placer sexual que minutos antes él había depositado en mí me hizo latir el corazón incluso más rápido; lo tomé entre mis manos y suavemente empecé a ir de arriba a abajo manteniendo un ritmo rápido pero sin prisa. Cerró los ojos, haciendo muecas inaudibles mientras mis manos se buscaban un lugar en su miembro, lo miré, intentando descubrir señales que me condujeran a su satisfacción. Aumenté los movimientos y finalmente me acerqué a él para conferirle una felación breve pero a conciencia. Sus manos de pronto me obligaron a tomarlo con más fuerza y rapidez; mis labios succionando su piel ya húmeda, saboreaban la carne que les era impuesta. Su mano aprisionándome la nuca, demandando ser complacido en su mutismo, me profirió una caricia bien tendida desde media espalda hasta los pechos, reincorporándose para mirarme arrodillada frente a él. Entonces, me miró con aquellos ojos que te atravesaban el cuerpo sin siquiera tocarte, yo estaba atenta a continuar explorando su intimidad cuando finalmente fluyó sobre mí y me tomó de nuevo de los hombros, alzándome como si no fuera nada, me arrancó de su entrepierna sin que siquiera yo estuviera preparada. Permaneció imperturbable, sin soltar palabra alguna, sólo su respiración jadeante se adueñó de mí. Quiso besarme los labios, tomándome del cuello, queriendo yo saciarme de un placer y me inundaba de uno nuevo. El sudor recorría mi cuerpo, así como sus manos lo hicieron luego; volvió a apretarme el trasero, como si estuviera despidiéndose, me abrió las nalgas de par en par, propinándome un apretón que dejó marcados mis muslos. Me besó apasionadamente los labios, introduciendo su lengua al compás. Se despidió con ello, abruptamente, me dejó desnuda tendida sobre la cama esperando su regreso.
Se subió nuevamente el pantalón, me quedé admirándolo mientras nuevamente como si fuera un paso a paso, se colocó una prenda tras otra, sin decir nada aún. De aquella bolsa de cuero que componía aquel arnés en donde escondía un arma, sacó un montón de billetes encintados en gran cantidad, me lanzó una mirada y caminó hacia mí mientras se abotonaba la camiseta, pasó el dinero desde mi cuello hasta mi pelvis, como si de una daga se tratase, mis sentidos me traicionaron y sentí mi intimidad revolverse en aquel rodeo. Los dejó al final del camino y sonrió, marchándose finalmente. Mordí mis labios, viéndolo salir sin saber si volvería a verlo. Guardé aquel botín en mi bolsa, cuidando que alguien pudiera ver la cantidad de dinero que había ganado en apenas hora y media, me dirigí a mi cuarto.
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