La posibilidad de elección que se presenta en los ejemplos del penúltimo y anteúltimo párrafo estuvo limitada -si tuviéramos que definirla de algún modo- a un pensamiento bastante polarizado por dos opciones y nada más. Evidentemente, no siempre es así, no siempre tenemos la opción de elegir entre una cosa u otra porque sea mejor o peor para nuestra tan deseada felicidad. Tal como se puede inferir en el último párrafo, hacer la distinción entre lo que es mejor y peor no es posible en todos los casos por el simple hecho de estar influenciados por factores externos. El primer interrogante que se plantea es el hecho de enfrentarnos ante la elección de dos placeres. Si bien la opción más evidente e inteligente para seleccionar es la que mayor placer cause. Una vez más, no siempre es así, puede que la que más placer cause también tenga amarrada consigo un pequeño malestar. Lo mismo ocurre con dos opciones que acarreen dolores inevitables. En este caso también se puede decir que lo más correcto es elegir la que menos dolor cause. Pero, como en la anterior ocasión -salvo que con roles invertidos- la opción elegida puede causarnos directamente un pequeño placer. Y así es como se arma un dilema bastante importante, especialmente cuando uno no está al tanto de esos "pequeños agregados" de cada elección. Otro de los interrogantes es el de sufrir un dolor para obtener un placer, en esta ocasión parece oportuno determinar si vale la pena sufrir ese dolor para percibir un beneficio mayor. Hasta ahora todo es muy lógico, se trata de optar por lo que nos convenga evaluando el entorno. Una vez más, no siempre es así. ¿Cómo puede uno evaluar el entorno cuando no hay herramientas para conocerlo? Es necesario agregar que esto sólo ocurre en casos puntuales.
Se menciona también la cuestión del placer y el dolor combinados, dejando de lado la fiel descripción al masoquismo, creo que sí es posible siempre que el individuo esté en un entorno controlado. Con esta última frase hago referencia a que la persona debe conocer a fondo a lo que se enfrenta, sabiendo en todo momento que no habrá ningún imprevisto. Puede ocurrir en el deporte, cuando uno siente que está a punto de desplomarse del cansancio y dolor pero sabe que es por la pura diversión de llegar hasta los límites y desafiarlos.
También se habla en este último fragmento de tener placeres que tienen como consecuencia un dolor y al revés. Creo que es oportuno hacer referencia a aquellos placeres de doble filo, que generalmente vienen de la mano de las drogas y el alcohol. La sensación de bienestar de un adicto puede durar unas horas, pero las consecuencias pueden cobrarse vidas o años de las mismas. En estas condiciones, se puede decir que hay placeres corrosivos.
Con respecto al último interrogante, en mi opinión, creo que es mejor desvincular el concepto de felicidad con el de placer, incluso aunque parezca poco acertado, polémico e incluso contradictorio. ¿La razón? El primer término es algo duradero y no dañino mientras que el segundo, efímero, puede convertirse en nuestro carcelario, descartando así la idea de que los placeres acumulan felicidad como si de puntos se tratase.
Cabe destacar que todas las líneas aquí expuestas representan de forma parcial y meramente espóntanea el pensamiento de su autor, estando sujeto a cambios en todo momento si las condiciones lo ameritan.
Se puede concluir, de esta manera, que los placeres son abundantes pero prescindibles para alcanzar la felicidad.