—¡Hermano Ahriman! —me gritaba el hermano Carlos, desde el otro lado del jardín, interrumpiendo mis pensamientos. Corrí hacia él, quien permaneció entero en su lugar, con un semblante amable, saludador y de bienvenida, era un hombre algunos diez años mayor que yo, de una trayectoria intachable, alguien digno de admirar cuyo accionar era perfectamente alineado a sus pensamientos—, ¿cómo estás, hermano? Tienes días sin salir de acá, ¿qué pasó? —me preguntó con preocupación, su rostro, invadido por manchas enrojecidas, denotaba el saber de algo que yo pensé que tenía muy oculto, me puse nervioso y a la defensiva, pensando en todo y nada a la vez, paranoico.
—Hermano, lo sé —acepté con los hombros agachados, resoplando—; hablé con el padre Matten hace unos días y le comenté que no estaba sintiéndome bien de la mente, hay muchas cosas en ella que me han abrumado y me han hecho sentir mal, así que decidí aislarme unos días más, para pensar y ponerme en las manos del Señor.
—Muchacho, te entiendo —me palma el hombro—, estas fechas son difíciles. ¿Piensas en tu familia?
—Bastante —le respondí tajante.
—De todas maneras —hizo una pausa, mirándome fijamente, posicionándose justo frente a mí—, he querido hablar contigo ahora que te veo porque ha habido rumores, tú sabes...
—¿Sobre qué, hermano? —le pregunté disfrazado de inocente, sentí cómo el rostro se me enrojecía más de lo usual, sentí cómo el estómago se volvía cada vez más pesado. Su expresión se volvió hostil y desaprobatoria, me sentí un niño juzgado y me devolví en el tiempo. Temí por mi alma, nuevamente, cada vez me sentía más aislado. Dios estaba alejándose de mí o yo de él, pude sentirlo. Las palabras que le siguieron, fueron casi imperceptibles. Escuché sin prestar atención, sólo entendía que habían hablado de mí con la gente del grupo de oración de la señora enferma de cáncer. Temía lo peor, las interpretaciones, los juicios, el señalamiento. Sentí cómo su mano de pronto me jaló, sacándome de aquel trance, asustado, reaccioné, nuevamente, en un tono envuelto en la inocencia de aquel que perdió el hilo y busca reincorporarse.
—¿No crees que deberías ir a visitar a los tuyos? —preguntó dudoso, buscando señales en mi rostro que mis palabras no estaban dando. No contesté, seguí absorto en mis pensamientos, vuelta tras vuelta.
—Lo he pensado, sí —encontré ahí una salida, sin embargo, no lo pensé mucho—, me alegró mucho verle, hermano Carlos, gracias por sus palabras y su preocupación, no ha sido en vano —añadí y me encaminé a mi habitación, eran aproximadamente las cinco de la tarde, el momento más difícil del día, cuando el sol se iba y abría paso a la noche, una noche más...
Minutos después.
No sabía qué hacer o en qué pensar, qué era lo que me estaba pasando, le preguntaba seguido al Señor en mis oraciones, le pedía piedad, ayuda y perdón, por aquello que me parecía tan extraño. Si tan solo pudiera olvidarla, olvidar su rostro y su ser, si tan solo Dios detuviera esta imaginación mía que trabajaba sin cesar...
Estábamos juntos, ahora lo veo claro, habíamos pasado la noche juntos en aquella casa suya, no la de su tía, donde yo sabía que de vez en cuando estaba...Éramos los dos, uno y no había entre nosotros vergüenza. Ella me tocaba con valentía, como en un camino que ya había recorrido antes y que sabía a dónde conducía. Estábamos en su habitación, sentados a la orilla de la cama, yo estaba leyéndole corintios y ella me prestaba mucha atención, me veía con aquellos ojos grandes, claros y relucientes en los que a menudo me dejaba atrapado. Ella me tocaba con presunción mientras yo le leía corintios. Lo recuerdo tan bien que lo vuelvo a vivir, ella estaba tocándome y yo sentía su amor erigirme la carne, sus manos llenas de gracia y de gloria, llenas de amor, me tocaban, sublimándome.
El amor es sufrido (sus manos desabotonaron mi pantalón), es benigno (su mano derecha, mientras me miraba fijamente —y yo evitaba su mirada, concentrado en mi lectura—, asiendo de mí lo que quiso); no hace nada indebido (buscándome, me masajeó hasta estarme masturbando). Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Continuó y yo, turgente, exaltado, excitado, de forma inopinada me sentía disfrutar de la ocasión, la situación que había previsto para los dos, porque esto ya estaba profetizado. Me confesé con ella cuando por fin, en el punto más certero de sus manos, gemí en alto por vez primera y del interior de mi cuerpo brotó un impulso y salté sobre ella, para besarla, para tocarla, para darle aquello que ella me estaba dando que para mí era un tesoro que jamás había tenido. Ninguna mirada, salvo la suya, me había cautivado tanto; ningunas manos me habían tocado que me hicieran sentir como las suyas. Ella me negó la dulce caricia de sus labios y, de pronto, me disfracé de la noche y me fui (desperté).
Señor, ahora lo comprendo. Debo irme.