La recordaba en momentos poco oportunos, cuando debía de haberla recordado menos, ahí estaba, imaginándola de tantas formas...Hasta que recordaba que no era ella. Era ella en mis pensamientos, donde pertenecía, donde estaba mejor que en el plano terrenal, pues se vendría abajo todo. No la conocía muy bien y tampoco estaba listo ra hablar con ella. Una inadvertida erección nació de mí apenas recordé su rostro y recorrí en él el camino hasta sus labios. Jugosos, bien formados...No me lo podía permitir, estos pensamientos no eran dignos del suelo que pisaba, salí entonces en búsqueda de serenidad, de aire fresco. Los muros de la congregación eran altos, la arquitectura victoriana te transportaba al siglo pasado...Todo parecía tan sereno, sin turbación, contrario al interior de mi ser, todo parecía imperturbable. Los árboles se amontonaban y formaban un perfecto marco para la luz de la capilla que seguía encendida, fundiéndose en el fondo, pareciendo como una cueva en camuflaje. Entré, encontrando al padre Heinrich Matten hincado, haciendo oración. Era un hombre viejo, su cabello cubierto de canas, corto, apelmazado, le contorneaba la cabeza como si de una corona se tratase, como si la protegiera de los pensamientos exteriores, siendo él un hombre con un temple admirable, desde que me encontró vagando en las calles de San Petersburgo, en las campañas alexianas 2003 y me cubrió con sus alas, a la corta edad de 13 años, lo admiré como a nadie, incluso más que a mi propio padre y me sentí para él un hijo, un hijo que debía corresponderle en muchos sentidos, por ello me quedé a su lado y, bajo su enseñanza, me convertí en hermano de su congregación y, desde entonces, Bayreuth es mi casa. Pensé en todo el esfuerzo, toda la fe y la esperanza que depositó en mí y en cuánto lo defraudaría si tan sólo supiera lo que estaba pasándome. Temí por su juicio pero temí más por la carga de no hablar al respecto y ocultárselo, como un pecado no cometido.
—Ahriman —me saludó, levantándose con esmero. Le sonreí, como saludándolo. Sus ojos claros, enmarcados por aquellas cejas que parecían juzgarte como presagiando tu desdicha, tu pecado. Al levantarse, su gran altura hizo sentirme como un niño, nuevamente, con miedo del regaño, habiendo apenas una diferencia a mi favor de algunos diez centímetros, me sonreí nuevamente, esta vez de forma más prolongada. A él le debía todo, incluso el nombre, pues él me había bautizado Ahriman Feodorov—, hace tiempo no venías por acá, hijo.
—Ya ve que tengo esa costumbre de venir cuando tengo problemas —le dije, acercándome a él con el rostro agachado y los hombros encogidos; rodeándome los hombros con su brazo, me guio al confesionario, al principio dudé pero lentamente conforme caminábamos, supe que tenía que hablarlo, aunque las palabras estuvieran quemándome la garganta.
—Te escucho, hijo —se colocó pronto del otro lado, apegado fielmente a sus principios neutrales, dejando a un lado el cariño paternofilial que nos unía. Su voz cambió, la severidad y neutralidad se apoderaron de ella, sentí nuevamente el temor del castigo, la vergüenza.
—Perdóneme padre, porque he pecado —exclamé titubeando—; la última semana ha sido muy difícil para mí permanecer en este lugar. He cuestionado mi fe, lo que me llenó antes, hoy me está siendo insuficiente y temo por mi alma, que siento que hoy está en peligro. Padre —las lágrimas se amontonaron en mis ojos, queriendo salir a prisa, siendo contenidas por mis pestañas inferiores al punto de entrar en trance, sin parpadear, continué hablando como si hablara solo—, he caído en la tentación. Conocí una mujer, una mujer muy bella. Estaba paseando por la plaza principal y la vi, radiante, fresca, como el agua cayendo de las cascadas, su belleza traía una brisa fresca para el sediento. La miré, sin importar nada y pronto su mirada se encontró con la mía, sentí vergüenza como nunca antes, como si hubiese estado haciendo la peor de las maldades al verla así, admirándola. Ella sonrió, como sabiendo lo que pasaba y se acercó a saludar, pareciendo experta, reconociendo en mi mirada, la mirada de mil hombres que antes la vieron. Me apené tanto, padre, que no pude dirigirle la palabra, entonces, quise huir pero ella me siguió, como intrigada. Me metí entonces a un café cercano, donde me reconocieron y ella escuchó que me llamaron “padre“, aunque usted sabe que ese término es erróneo, en un reflejo de la ventana pude ver su semblante emblanquecido, ahora tímido pero con picardía. Me senté entonces, la mujer de aquel café se disponía a servirme, usted sabe cómo es la señora Margret, amable, aunque algunas veces tiene la costumbre de hablar poco más de la cuenta, nos presentó, aunque con cierto juicio, pues la muchacha parecía conocida para todos, aunque no parecía que de buena gana. Ella se sentó conmigo, autoinvitándose, para sorpresa de la señora Margret, quien se fue a su sitio viéndonos fijamente. Ella me cuestionó, primero preguntándome de dónde era porque jamás me había visto y, por lo que escuchó de la señora Margret, que cómo era posible que un “joven” como yo fuera padre; yo no supe contestarle, me escondía detrás de la taza de café y ella podía darse cuenta de ello, se sonreía como maravillada. “He escuchado que ustedes ayudan a los enfermos, ¿no?”, fue lo que me preguntó y que finalmente decidí contestar, le dije que así era, que podía contarme lo que le estaba pasando y así podría ver cómo podíamos ayudarle pero ella sólo rio y me contestó que la ayuda no era para ella, sino para su tía, que estaba muy enferma, me dijo que podía llevarme a verla, si lo quería pero le dije que no podía en ese momento, que le dejaría el número y dirección de la congregación para que programara una visita, vi su rostro desorbitado, ofendiéndose por la negativa y algo en mí sintió un fuerte impulso por complacerla, por devolverla a ese estado de emoción y alegría que había yo visto antes en ella, le dije entonces que si era urgente, podíamos ir en aquel momento y evaluar un poco su situación para después llevarle razón justamente a usted —volteé a verlo, para evaluar cómo iba tomando mi relato y, aunque pensaba en si debía continuar, me di cuenta de que era demasiado tarde para arrepentirme y continué, esperando que las cosas en su imaginación no fueran peores de lo que había pasado en realidad—, y eso hice, acudí a su casa, ella pronto abrió la puerta, con emoción, como si fuera una niña, algo en su semblante me pareció tanto infantil como adorable. Su tía, que estaba en otro cuarto, muy cercano, le preguntó cómo le había ido y se fue acercando de a poco, mientras la esperábamos en un pasillo de la casa que se veía apretujada, todo estaba muy cercano aunque impecable y muy austero. La tía, que ya se veía de edad avanzada, acudió a nosotros con emoción y la abrazó, saludándola con un beso en la mejilla mientras sostenía con la otra el bastón con el que a su vez se sostenía, y le preguntó que qué joven la acompañaba ahora, pícara y sonriente, la tomó por sorpresa su pregunta y ella le respondió que había encontrado a un padre en la plaza principal y que lo había invitado a comer a la casa, cosa que ella no me había dicho. La señora me preguntó mi nombre, cosa que ni siquiera había hecho la otra mujer, nos quedamos tan absortos el uno con el otro que ni siquiera nos preguntamos nuestros nombres. Claro, yo le respondí y la joven se marchó del plano, sólo dijo que se iría a dar un baño…
—Hijo, no entiendo a dónde te diriges con todo esto —me dijo interrumpiendo, viéndome sumergido en mis pensamientos—, podemos hablarlo fuera de este lugar.
—Padre, no he podido dejar de pensar en ella —le dije desesperado—; a esa visita le siguieron tres más, luego ya eran seis y al final, acabó siendo una costumbre tal que desde que amanecía, sentía la necesidad de estar allá y, cuando se llegaba la hora de irme, la despedida me parecía impensable, intolerable y, aunque no la veía a ella más que algunas veces, siempre esperaba la mínima ocasión para hacerlo. La última vez que estuve ahí, leyendo el sagrado libro, rezando ahora con un grupo de vecinas de la tía, esperaba yo verla y no fue así, entonces encontré el pretexto perfecto para inmiscuirme y encontrarla en aquella casa. Para entonces, había ya escuchado de ella en el pueblo y sabía que especulaban sobre mí, el cómo de un tiempo para acá salía de la congregación para acudir a aquella casa y lo atribuían a mi buen corazón para con la tía, que estaba moribunda —exhalé exageradamente, rendido—, desde aquella ocasión, padre, que tuve la osadía de buscarla y encontrarla en su habitación, ya era tarde, las luces de su habitación estaban todas encendidas, yo entré con el pretexto de haber estado buscando el baño y ella sólo se burló de mí, levantándose, descubrió para mí su cuerpo semidesnudo, cubierto apenas por un manto que trasparentaba y dejaba ver su figura femenina. Yo la veía con deseo, olvidándome de mí, de dónde estaba, de quién era. Padre, me olvidé de todo. Y, como cada vez que pienso en ella, desde entonces, mi carne se erigió delante de ella y la desee, con desánimo, la quise para mí y me fui. Supe que ella se había disculpado por mí con el grupo de su tía, por aquella ocasión y por las que le seguirían, y por haber enviado a alguien más en mi lugar, no sé si lo notaron pero estuvieron todos de acuerdo en que había yo enfermado tan grave que no se me había visto salir más de la congregación y, hasta ahora, pienso en ella, sin siquiera tener el valor o la fuerza para verla de nuevo…—terminé mi relato, con el rostro agachado, hirviendo por la vergüenza. Escuché entonces aquella voz de consuelo y finalmente, las lágrimas cayeron.
—No temas, hijo —me dijo aquel, con una voz de resignación—, la vida nos hace pecadores a todos nosotros —hizo una pausa, resoplando sin voltear a verme, pensativo, dijo—; serás perdonado.