Desertar de la literatura.
Bajar (o subir) de vez en cuando a por ella,
como quien va a casa del vecino a pedir un serrucho
(si tienes un vecino carpintero y le pides prestado un serrucho, eso no te hace carpintero, ¿verdad?; pues eso),
como quien se acerca al súper cuando hace falta y compra la harina de oferta.
Y ponerme a hornear galletas
que no se va a comer nadie,
artesanía minúscula y absurda,
emular aquellos años imberbes en que lo importante era tener algo que decir, cuando las palabras eran solo palabras.
Escribir como comerme un plátano.
Por pereza.
Para ahorrarme el engorro de otras frutas:
es fácil de pelar, no hay que trocearlo, no tiene pipas.
Y aspirar a su curva belleza, nutritiva y sincera,
universo inverso de motitas, a medio empezar,
donde solo yo puedo ser yo, uno más,
sin exigirme nada
a nadie.