Al niño le encantaba dibujar.
Horas y horas entre cuadernos y lápices de colores.
Ni te acuerdas de que está ahí. A la madre la afición del niño le dejaba cierto margen para atender las obligaciones domésticas.
Un día la madre tropezó con uno de los cuadernos, que cayó al suelo y quedó abierto.
La madre lo recogió. Se quedó contemplando el dibujo que había quedado a la vista: una gruesa raya dividía la hoja en dos.
Hojeó el resto del cuaderno con idéntico resultado. Con distintos trazos y colores, en proporciones desiguales propias de una mano inexperta, una raya surcaba cada página, como si entrara y saliera de ella en un extraño viaje infinito, dejando un rastro interrumpido como testimonio de papel en papel.
La madre revisó el resto de los cuadernos. Eran todos iguales, como si formaran parte de una serie.
-Mami, ¿qué estás haciendo ahí con mis cuadernos? Ya es la hora de la merienda.
-Espera un poco, cariño… Óyeme una cosa… ¿Y estos dibujos?
-¿No te gustan?
-Sí, claro que me gustan, mi vida. No es eso. Lo que pasa es que no entiendo bien qué querías dibujar.
-¿Qué va a ser, mami? ¿Es que tú no la ves?
-¿No veo qué?
-La raya.
-¿Qué raya?
El niño cogió uno de los cuadernos y con el dedo le indicó a la madre:
-Mira, a este lado de la raya estoy yo. Al otro lado, todo lo demás.