Era una mancha reciente, joven e inexperta.
Quizá por eso conservaba la antigua costumbre de hacerse preguntas. Dos eran las cuestiones que alimentaban su inquietud:
1. Si era una mancha, ¿de qué?, es decir, ¿cuál era su sustancia madre original?
2. Si era un mancha, ¿qué es lo que estaba manchando?, esto es, ¿a qué soporte o sustrato estaba adherida?
Como suele ocurrir en este tipo de relatos, nuestra manchita recorrió toda la manchosfera en busca de algún sabio (siempre hay un sabio para todo) que pudiera resolver sus dudas. Y como suele suceder, su periplo la encaminó ante la presencia de una venerable mancha barbada, la más veterana del lugar.
Nuestra manchita aún confiaba en la vieja idea de que los años confieren una pátina de maestría vital, y así debía de ser, porque nuestra oráculo barbuda no tardó en ofrecerle su autorizada respuesta:
-La primera pregunta es irrelevante. Trataré de explicártelo con una metáfora. Pongamos, por ejemplo, que el cristianismo es la mancha de Cristo. Qué más da quién fuera Cristo, cuáles fueran sus palabras exactas o su mensaje profundo. Lo que importa es lo que queda. Y lo que queda es la mancha. Así funciona siempre. Puedes estar tranquila: lo importante eres tú.
La segunda pregunta es improcedente. ¿De dónde sacas tú que para nuestra existencia tiene que haber una superficie manchable? Nada de eso. Somos autosuficientes. Solo hay manchas. A veces nos superponesmos unas a otras, pero de ahí no pasa. El mundo todo es manchas.
La manchita le dio las gracias y se fue.
Se puso a llorar compulsivamente, tal vez con la esperanza de que sus propias lágrimas terminarían por lavarla y hacerla desaparecer. Pero claro, qué podemos esperar de una simple manchita, tan reciente, joven e inexperta.