No era ni mucho menos un día especial.
Ya estaba acostumbrado a observarlos en su hábitat natural, en su rutina cotidiana, como quien se sienta con mirada curiosa y distante ante un documental.
Pero ese día, por un impulso que no pudo reprimir, ajeno a su naturaleza, sintió la necesidad de abordar al primero que se topó por la calle.
-Oiga, ¡reaccione!
[Permíteme, aunque solo sea como licencia narrativa, que hagamos como que el transeúnte en cuestión paró y se dignó contestarle]
-¿Qué dice? ¿Qué ocurre?
-¿Cómo puede usted estar tan tranquilo, actuar como si no pasara nada?
-¿De qué me está hablando?
Entonces comprendió que había sido un error, que si tenía que explicárselo no tenía sentido intentarlo.
Se retiró sin mediar palabra.
”Integrados”. Para su vergüenza, así los llamaba.
¿Quién era él para juzgarlos?
Al menos ellos parecían vivir. Sin la duda. Quizá ahí estaba la diferencia.
¿"Integrados” ellos o ”desintegrado” él? Qué más da.
Si es incapaz de resolver en qué lado estar.