Ya sabía que solo era un mito, una leyenda. Uno de esos lugares comunes absolutos en que nos recostamos para tener al menos un horizonte hacia el que inclinarnos.Pero tenía que intentarlo.
Que se repitiera un día, aunque fuera uno solo.
Ni siquiera era necesario que se repitiera por completo, segundo a segundo, evento a evento. Le bastaba con que la experiencia acumulada en los anteriores le sirviera de mochila, de colchón, para afrontar el nuevo día con cierta tranquilidad. Esa era la palabra: tranquilidad. Poder sentirse, aunque solo fuera por un instante, en casa.
Así que a puñados trataba de amontonar consciencia plena de cuanto le sucedía. Intentaba hacer acopio de no sé qué pasta vivencial en no sé qué orgánulos interiores, para poder regurgitarla en caso necesario.
Por fin se fue a dormir, lo cual no deja de ser un ejercicio de fe infinita: suspendemos nuestra consciencia, quedando expuestos en situación de extrema vulnerabilidad, en la esperanza de que volveremos a despertar.
Se fue a dormir.
A la mañana siguiente, el nuevo día, a sus ojos, continuaba siendo, como siempre, un día completamente nuevo.