Le había robado
ignorar
si iba a llover o saldría el sol,
a qué lado se tiraría el portero en el penalti,
qué país le daría más puntos al suyo en Eurovisión,
cuál sería el color de temporada,
a quién votaría en las próximas elecciones,
cuántas veces consultaría el móvil,
qué canción sonaría a continuación,
qué marca de leche comprar,
cuántos pasos caminaría ese día,
la calidad de su sueño (¿en serio?),
si tendría un niño o una niña,
de quién, cuándo y dónde se enamoraría,
a qué hora tendría ganas de llorar,
qué querría querer,
qué precio tenía su muerte.
Le había robado la incertidumbre.
Le había robado la voluntad.
Le había robado el futuro.
Por un puñado de dólares.