El gen de la explotación industrial

Es uno de mis pensamientos, de esos que llaman recurrentes. Uno llega a confraternizar con ellos y tomarles cariño, aunque la verdad es que algunos son muy puñeteros. Son tan persistentes que estoy por pensar que nos sobrevivirán cuando pasemos a mejor vida. Me los imagino aprovechando la incisión craneal practicada por el forense para escapar culebreando al exilio.

¿De dónde nos viene esa obsesión por promover una explotación industrial de todo? No me refiero solo a los bienes más o menos materiales, el petróleo, la madera, el trigo, la electricidad, la educación, la carne de los animales, el sexo, las mentiras…

Desde temprana edad alguien demuestra asombrosas capacidades para determinada actividad, y enseguida se nos mete en la cabeza que tiene que matricularse en alguna academia, ampliar su formación con clases prácticas y estancias en el extranjero, acompañado de los mejores maestros… qué sé yo. Se le da realmente bien, es una pena que se desperdicie tanto talento.

Aun en el caso de que realmente le entusiasme y lo desee, ¿por qué tiene que consagrar toda su vida a ese “talento”? ¿Por qué sobrexplotarlo, cuando probablemente sería un obstáculo para acercarse a otras experiencias? ¿Por qué no podemos dejarlo vivir, disfrutando y haciéndonos disfrutar de ese don, con independencia de su utilidad productiva?

Toda excelencia encubre una carencia.

Mientras solo sea un pensamiento ahí se queda. Me pregunto si en algún momento el ojo único y vigilante del microscopio, oráculo moderno, desvelará la existencia de ese gen de la explotación industrial.