El camaleón que no cambia de color

Siendo pequeñito como una pulga, para poder crecer, al camaleón lo llevaron a un sitio donde lo vistieron de azul y grana. Pero él no cambió de color.
Allí escuchó una música muy bonita y arreglada, que le daba ganas de jugar. Encontró muchos amigos. Entre todos jugaban maravillosamente al compás de la música.
Él solo quería jugar y, no sabía por qué, jugaba muy bien.
Algunos le hicieron llorar lágrimas celestes y blancas. Pero él no cambió de color.
Con los años se hizo tan grande como para comerse mil millones de pulgas. Pero él no cambió de color.
Poco a poco la música se convirtió en ruido. Seguía jugando con sus amigos, pero ahora cada uno llevaba puestos unos auriculares. A él no le hacían falta.
En medio del ruido, él solo quería jugar y, no sabía por qué, jugaba muy bien.
Ya no era tan rápido. Se cansaba antes. Quizá pronto tendría que dejar de jugar.
Pero él no cambió de color. No porque no pudiera, sino porque había decidido que no lo necesitaba.