Siempre que dicen que entre todos tenemos que conseguir que nuestro planeta sea más sostenible, no puedo dejar de imaginarme al pobrecito Atlas, encochinado, preguntándose qué más quieren ustedes que haga yo, señoritos mortales.
También hay quien dice que los mitos no son una sarta de mentiras, que el error está en empeñarse en considerarlos hechos reales, dicen que la metáfora es la lengua de los mitos y que precisamente ese carácter simbólico les confiere su genuina condición de verdad trascendente y su universalidad. Así que no debemos tener reparo en manosearlos, estamos legitimados a manipularlos, mangonearlos a nuestro antojo incluso, porque de fábrica vienen con ese cartelito que le suelen poner a los juguetes en las estanterías: “Pruébame”.
Francamente, la imagen de un forzudo sosteniendo la bóveda celeste nunca me convenció mucho. Sin embargo, me consta que hay personas que, desde muy pronto, sienten que cargan sobre sus espaldas con todo el peso de la existencia.
Cada una de esa personas, por separado, se cree un Atlas, el único Atlas.
Ya sé que para ellos no significará ningún consuelo. Quiero pensar que se trata más bien de una red, de una sociedad de Atlas repartidos a lo largo y ancho de nuestras sociedades, que de manera anónima nos ayudan a sobrellevar el peso de la rueda de la vida (otra vez sale a nuestro rescate el mito), trabajo del que todos, con un mayor o menor paquete accionarial, también participamos.
Estoy seguro de que tiene que ser así. De lo contrario, hace mucho tiempo que habría colapsado por aplastamiento.