Ya llevaba un buen rato esperando su turno. Y lo que quedaba todavía.
Tenía tiempo más que sobrado para repasar mentalmente todas las cosas que podría estar haciendo; las cosas que, al menos en esos precisos instantes, ya nunca haría; todas aquellas cosas de las que, como consecuencia de esta especie de ictus vivencial filiforme y recurrente, se había visto privado en circunstancias similares. Hacía números y la vida le salía claramente a devolver.
Pasaron horas. De hecho, cuando le llegó la vez estaban a punto de cerrar y no quedaba nadie.
Al amparo de un suspiro, se plantó delante del mostrador. Lo rodeó. Se situó detrás. Se sentó y ocupó su puesto.
Aún le quedaba por disponer todo lo necesario para el reparto de números del siguiente día.