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¿Cuánto tiempo ha pasado que no te escribo? Por falta de ganas o de palabras, por alguna excusa que no puedo recordar. He conocido a un hombre. . un hombre que ha llegado a cambiar mis convicciones, que ha llegado para cuestionar las decisiones que he tomado a lo largo de mi vida. Este hombre es todo lo opuesto a lo que he conocido, no necesitó tocarme para derretirme en sus brazos. No necesitó mirarme los pechos para decir que me deseaba. . . No necesitó engañarme para cogerme y decirme que me amaba. Lo sentía en sus ojos tan verdes como una pradera brillando por el sol.
El primer día que intercambiamos miradas todo cambio. Ninguno se atrevió a acercarse al otro, simplemente fue un intercambio tan intenso que no necesitamos de palabras, solo con mirarnos nos comunicamos. En algún punto se sintió intimidado o tal vez me propase al mirar su cuerpo, imaginando lo que sus prendas ocultaban. Por miedo a haberlo asustado, lo seguí hasta la cafetería del pueblo. Pero no era miedo, era curiosidad. Curiosidad por saber quién era el hombre con el que había intercambiado miradas y me había despeinado el alma.
‘ Padre ’ había pronunciado la mesera, que a pesar del murmullo había podido oír con claridad. Mi sonrisa se borró, claramente era algo aún más imposible. Debía olvidarlo por más fugaz e intensa que había sido la interacción, mis pies me traicionaron y me encaminaron hasta donde él se encontraba sentado disfrutando su café.
Tomé el atrevimiento y me senté en su mesa, esto causó que con enfado y una mirada juzgadora, la mujer se esfumará. Me presenté pero no obtuve más que una tímida mirada de él hombre, ni siquiera tuvo el valor de decirme de dónde era.
— ¿Cómo es que alguien tan joven como usted sea padre?
Tampoco obtuve respuesta, solo me encontraba sonriéndole. Era claro que estaba nervioso ante mi particular presencia. Tenía que cambiar de tema. . . La luz de una lamparita imaginaria.
— He escuchado que ustedes ayudan a los enfermos, ¿No?
⠀⠀ ⠀ ⠀⠀ ⠀“ Así es. ¿Está usted enferma? ”
No, negué con la cabeza y le expliqué la situación. Mi tía era la persona más religiosa que conocía, ella creía en los milagros, creía en que Dios enviaría un ángel sanador a curarla del cáncer. De su bolsillo sacó un papel con el número de la iglesia y el nombre por quien debía preguntar. Otra vez había logrado apagar mi sonrisa, no quería saber de mí y yo estaba siendo cabeza dura esperando un milagro.
Sin embargo, “ Si es urgente puedo hacer la excepción ”. . . Mi corazón había vuelto a latir con emoción y le regalé la más radiante de mis sonrisas.
Los días comenzaron a pasar y su compañía para nosotras, particularmente para mí, se había vuelto una costumbre. Algo primordial. Si bien debía simular siempre estaba allí, viéndolo tras la penumbra o la columna de la habitación. Su voz era igual de cautivante que su mirada, la manera de rezar y leer el libro sagrado con el corazón era digno de escuchar.
Hubo una noche en la que yo me preparaba para asistir junto a un cliente a un baile, las luces de mi habitación estaban encendidas y sobre la cama yacía en vestido que usaría, terminaba de peinarme cuando la puerta se abrió haciéndome sobresaltar, era él, excusándose al pensar que se trataba de la puerta del baño. Caminé hasta guardar un prudente espacio a pesar de la cercanía, olvidaba que traía una bata de seda la cual transparentaba mi cuerpo desnudo y claramente él lo había notado, su creciente erección lo delataba. El habla me había traicionado, simplemente en un gesto coqueto señalé la puerta que estaba tras de él, ése era el baño. Sin embargo, retomó su camino y se marchó. . . Esa fué la última vez que lo vería.
Las horas se hicieron días más largos, y su visita jamás llegó. Mi tía entre la curiosidad y preocupación me preguntó por él.
⠀⠀ ⠀ ⠀⠀ ⠀⠀⠀ ⠀ ⠀⠀ ⠀⠀⠀ ⠀ ⠀⠀ ⠀“ ¿Dónde está el padre Ahriman? ”
Ahriman, era su nombre. Aquello quedó grabado en mi piel, como la forma en la me miraba. No pudo responderle, ni ella conocía el porque de su repentina ausencia. Más tarde había llegado su reemplazo, el padre Gabriel.
No era lo mismo.
No tenía aquellos ojos hipnóticos, ni una voz dulce mucho menos una sonrisa tímida. El padre Gabriel era un hombre mucho más viejo, centrado simplemente en la oración.
Antes de que marchará le pregunté por él, recibiendo su noticia como una daga al corazón, “ (...) el padre Ahriman, ha enfermado muy gravemente ”. Mi tía al enterarse rápidamente se puso a rezar y yo. . . yo la acompañe en silencio sin saber cómo hacerlo. Con el corazón entre las manos suplicando por su pronta mejoría.
Desde entonces he pasado cada día por todos los lugares que solía frecuentar, incluso he ido a la casa del señor con la mínima esperanza de verlo una vez más. Pero el fantasma de sus ojos me acecha con tristeza, borrando toda esperanza de volver a verlo.
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